En un año puede cambiar tu visión del mundo y pueden cambiar tus esquemas con respecto a la vida, al amor, a la familia, a la muerte.
Puedes convertirte en un aférrimo del pasado o un visionario de un futuro prometedor, impulsado por ti mismo. Puedes convertir tus desánimos en expectativas. Puedes convertir tus tristezas en propósitos.
En un año puedes disolver recuerdos o vivir de ellos, puedes hacer uso de cada uno para que sean tu motor en tu presente y prosperidad en el futuro.
En un año puedes hacer de tus insomnios una caja de negra de recuerdos dulces o la inversión de un tiempo para el estudio y para proyectos nuevos para ti y tu familia. Podías en una noche de insomnio ver pasar las horas lentamente, dando vueltas sobre tu cama, desgastando huellas en el computador o el celular, leer las noticias más interesantes, o más desmotivadoras, o tener las conversacios más triviales o las mas enriquecedoras, podías llorar al ritmo de una vieja y triste canción o tomar cada palabra cada frase para hundirte en tu paupérrima soledad o definitivamente gozarte con las lecturas más deliciosas, más esperanzadoras, más transformadoras y desear que no llegue todavía el amanecer.
En un año pueda que recuerdes las travesuras más osadas no con tanta adrenalina como de momento, pero si con culpa, o con melancolía (en mi caso suelo hacerlo como escapes, ventanitas que me llevan a disipar de momento mis ansiedades).
En un año comienzas a cansarte y te sientas en el andén de tus experiencias a esperar el tren que te llevará a otras nuevas, con más horizonte, con más rumbo o por lo menos con uno más seguro.
En un año, quisieras devolver un trozo de el para quedarte y abrazar a quién ya no está. Para pedirle otro abrazo, otro beso. O quizá para agradecer por tanto, por poco o por nada...
En un año con sus días, con sus noches, con sus madrugadas y amaneceres vuelvo a pensar en las mismas preguntas pero esta vez yo misma obtengo respuestas.
Dentro de un año, vuelvo. Si el tren paró en otra estación...